Cuaderno de bitácora

Cuaderno de bitácora

Por Sonsoles Sánchez-Reyes Peñamaria

Roma no paga a traidores


 

En el siglo II antes de Cristo, en la península surgió un personaje emblemático que nunca ha sido olvidado, a pesar de los más de 2.000 años transcurridos. Viriato, un humilde pastor lusitano, logró mantener en jaque al imperio más poderoso del mundo en ese momento, el romano, que solo consiguió finalmente doblegarlo valiéndose de malas artes como el soborno y la traición.

En el ocaso de la soberanía de Cartago, Roma necesitaba reforzar su posición en el Mediterráneo sometiendo a la estratégica y rica Hispania. Pero no contaba con encontrarse una resistencia tan denodada de sus pobladores, y mucho menos el surgimiento entre ellos de un caudillo formidable y genial estratega, que se convertiría en su admiración y su pesadilla.

De Viriato se desconocen muchos datos, como su año de nacimiento, su concreto origen geográfico o su linaje, que se ha especulado era oscuro. Probablemente nacería alrededor del año 180 a.C. en alguna aldea de la Lusitania, al suroeste de la Península Ibérica, por lo que tanto España como Portugal lo exaltan como su propio héroe nacional.

Ni siquiera hay certeza de que ese fuera su verdadero nombre, y podría tratarse de un apodo, pues parece que el vocablo "Viriato" se relaciona con el término ibérico "viria", emparentado con el celta "viriola", que significa pulsera o brazalete, aludiendo a los de oro y plata que estos pueblos usaban como señal de estatus social. Así, Viriato querría decir el que porta brazaletes.

La tradición ha sostenido que pasó su juventud en las montañas como pastor, lo que le proporcionó un exhaustivo conocimiento de la orografía lusitana, que le sería de gran utilidad en los años posteriores. Las fuentes clásicas lo presentan como robusto por haber crecido en este medio agreste, llegando a ser notablemente fuerte y ágil; frugal en el comer, de dormir poco y sobre el suelo, y mostrando una actitud estoica de desapego hacia los bienes materiales.

Movido quizá por las duras condiciones de vida y como reacción a posibles abusos de los ocupantes foráneos hacia los moradores de las tierras, Viriato se unió a las bandas que, si inicialmente realizaban incursiones y saqueos en la Bética, acabaron participando en revueltas contra los romanos desde el año 154 a.C.

En estas expediciones, Viriato se granjeó notoriedad por su valor y justicia para con su gente, consiguiendo prestigio y riqueza. Eso le valió poder desposar a la hija de Astolpas, un adinerado lusitano. Se dice que Viriato rechazó las tradiciones nupciales, molesto cuando vio que su suegro hacía ostentación de la suntuosa dote con la que había provisto a su hija, formada por gran cantidad de vasos de oro y plata, así como tejidos preciosos. En el banquete, Viriato también despreció el alarde de poder de su ahora familia política, y no quiso probar las muchas viandas, sino que comió pan y carne compartiéndolos por igual con sus hombres, como hacía equitativamente con todos los botines, y a continuación partió con su nueva esposa sin emplear más tiempo en festejos, consciente de que el objetivo era expulsar al opresor, y sintiéndose diametralmente alejado de esas prácticas que consideraba frívolas.

Los lusitanos utilizaban magistralmente una táctica de escaramuzas para desmoralizar y debilitar a los romanos, unas guerrillas que los soldados imperiales describían despectivamente como "guerra de bandidos", pero que les hacían mucho daño. En el año 151 a.C. Servio Sulpicio Galba, gobernador de la provincia Ulterior, habiendo querido aplastar definitivamente a los molestos rebeldes confiado en su teórica superioridad, sufrió una humillante derrota, lo que le hizo diseñar una venganza.

Al año siguiente, propuso a los compañeros de Viriato firmar la paz, entregándoles tierras si cesaban los ataques. Cuando estos aceptaron y acudieron desarmados a rubricar el acuerdo, cumpliendo lo estipulado, Galba faltó a su palabra y los masacró por millares, apresando a otros tantos para venderlos como esclavos. Viriato habría estado allí, siendo uno de los pocos que pudo escapar con vida.

Ese fue el punto de inflexión que llevó al pastor a enfrascarse con denuedo en la resistencia armada contra Roma, reuniendo un ejército integrado por lusitanos, celtíberos e íberos de diferentes tribus. Partían en franca desventaja; sus tropas estaban en clara inferioridad numérica respecto a los legionarios, y contaban con un humilde armamento en comparación al de ellos: vestían una túnica de lana con ciertas protecciones de cuero, y apenas iban pertrechados con un pequeño escudo redondo, una espada con un cuchillo en la vaina, una lanza de hierro, un casco de cuero adornado con crines y una coraza.

Como Viriato no podía con estas mimbres vencer a los ejércitos imperiales en campo abierto, intensificaría la táctica de guerrillas, que por primera vez abandona el carácter únicamente defensivo y se convierte en ofensiva, impidiendo a los romanos desplegar el combate regular al que estaban acostumbrados: estos minúsculos ataques sorpresa les causaban confusión y cuando intentaban reaccionar, los lusitanos ya habían desaparecido.

La finalidad de este proceder era esquilmar el territorio para obligar a los romanos a abastecerse de recursos venidos desde fuera, lo que les creaba una vulnerabilidad al tener que surtirse de caravanas, lentas y fáciles de detectar y destruir por los rebeldes. Su profundo conocimiento del terreno y de los refugios de montaña, adquirido en su época de pastor, permitía a Viriato ser infalible en las técnicas de emboscadas y acciones relámpago.

Roma, perpleja, rehusaba claudicar y reconocer que no lograba someter a los lusitanos. En el año 147 a.C., el pretor Cayo Vetilio consiguió cercarlos en Turdetania y les ofreció la paz y la dotación de tierras si entregaban las armas. Pero Viriato se expresó en contra con determinación, recordando a todos la trampa de Galba años atrás. No solo convenció a los demás cabecillas de bandas de rechazar el ofrecimiento, sino que estos además decidieron nombrarlo su jefe. Es el momento en que Viriato se erige para lo sucesivo en líder lusitano indiscutible.

Para romper el cerco y escapar hasta la ciudad de Tribola, un lugar seguro donde poder reagruparse, Viriato utilizaría una maniobra de distracción: cargó con un millar de jinetes contra los romanos, mientras los demás en pequeños grupos escapaban y atacaban en todas direcciones, haciendo imposible en el desorden que las tropas imperiales pudieran perseguir a todos. En el fragor, Vetilio sería finalmente hecho prisionero y muerto por los hombres de Viriato.

Esta fue la primera victoria de muchas ganadas por Viriato. En el año 146 a. C. venció al pretor de la Citerior, Claudio Unimano, apoderándose de sus estandartes, algo que para los romanos implicaba una deshonra mayor que la derrota. Sus exitosas campañas, lanzadas desde su centro de operaciones en el Mons Veneris (identificado como la Sierra de San Vicente), concluyeron para el año 145 a.C. con su dominio de toda la Hispania Ulterior y gran parte del sur de la Citerior.  

Ese año, terminada su guerra contra Cartago, Roma asignó más tropas a Hispania al mando del cónsul Fabio Máximo Emiliano. La estrategia consular, más inteligente que las de sus antecesores, logró infligir por vez primera un revés militar al lusitano, que en el año 144 a.C. le supuso tener que abandonar el valle del Betis (río Guadalquivir). A la llegada a la península de la autoridad que le sucedió, Quinto Fabio Máximo Serviliano, Viriato fracasó en Tucci (Martos, Jaén), por lo que en el año 140 a.C. firmó la paz y consiguió que los romanos lo reconocieran como jefe, otorgándole el título de "amigo del pueblo romano". Aquel pacto o foedus no estuvo bien visto por muchos generales de Roma, que lo consideraron una ofensa.

Serviliano fue sustituido por Quinto Servilio Cepión, que con autorización senatorial reanudó la guerra contra Viriato y le hizo replegarse hasta las montañas de Lusitania. Pero una vez allí, Cepión no fue capaz de refrenar el feroz aguante que interpuso, por lo que propuso a Viriato reunirse para negociar.

El líder lusitano mandó a tres hombres de confianza (Audax, Minuro y Ditalco) pero, en vez de negociar con ellos, Cepión les prometió riquezas, tierras y poder a cambio de dar muerte a su caudillo, logrando convencerlos de actuar indignamente. Según la leyenda, asesinaron a Viriato mientras dormía en su tienda, clavándole un puñal en la garganta. Era el año 139 a.C.

Cuando los sicarios volvieron al campamento de Cepión a cobrar su recompensa, se dice que la respuesta de este al negársela fue la célebre frase: "Roma no paga a traidores", aunque historiadores posteriores aseguran que aquella expresión pudo ser la reprimenda a Cepión por el Senado, avergonzado de que uno de sus cónsules utilizara métodos poco honorables. El asesinato de Viriato causó conmoción en Roma, que negó a Cepión celebrar la victoria, pues para los togados no la había ganado, solo la había comprado.

A Viriato se le dispensó un funeral digno de un rey, con presencia de decenas de miles de miembros de sus ejércitos y compatriotas para mostrarle sus respetos. Su cuerpo, ricamente ataviado con los atributos de guerrero y rodeado por ofrendas, se colocó sobre una gran pira que ardió mientras soldados a pie y a caballo daban vueltas alrededor entonando cantos, y tras extinguirse el fuego, más de doscientas parejas de contendientes realizaron combates singulares sobre el túmulo como homenaje.

Tras su muerte, su sucesor, Táutalo, no concitó los mismos apoyos y se vio obligado a firmar la rendición ante Cepión tras sus intentos frustrados de conquistar Sagunto y el valle del Betis, recibiendo tierras fértiles para asentarse a cambio de abandonar las armas. Roma encontraría ya el camino despejado para conquistar toda la península.

A lo largo de los siglos, muchos movimientos han asumido con orgullo la figura de Viriato, pero su consagración en la Península Ibérica es incontestable. Su nombre forma parte del callejero de numerosas poblaciones. Si en la epopeya en verso de 1572 Os Lusiadas, de Luís de Camões, obra maestra de la literatura lusa, son reiteradas las alusiones a Viriato como gloria de Portugal, en la Primera Parte de El Quijote, el culmen de la novela hispánica, el caudillo asimismo abre una relación de los más destacados jefes militares patrios.

En Zamora, la estatua en bronce de Viriato preside la plaza homónima desde 1903, obra del escultor zamorano Eduardo Barrón González, que la creó mientras estudiaba en Roma en 1882 y le valió la medalla de la Exposición Nacional de Bellas Artes.

Hoy, la vinculación de Viriato con Zamora sigue patente en la denominación del campus universitario en su honor y sobre todo en la Seña Bermeja, la bandera zamorana, que consta de nueve tiras horizontales acabadas en punta: ocho rojas representando las ocho victorias de Viriato, y una verde sobre ellas, otorgada por el rey Fernando el Católico por los servicios prestados por los zamoranos en la batalla de Toro. La Seña Bermeja también aparece en el escudo de Zamora.

Seis años después de la muerte de Viriato, ocurriría la gesta de los heroicos pobladores de Numancia, en la actual Soria. Pero eso merece otra historia, por derecho propio.